El acto de leer

 
  
 
  Un tal Victoria Beckham dijo en cierta ocasión que nunca había leído un libro; ante la avalancha de críticas por parte de cierta prensa (que probablemente tampoco haya leído un libro en su vida), la mujer, aconsejada casi con toda seguridad por alguien que se encarga de mantener su imagen, rectificó afirmando que había comenzado muchos libros pero que terminaban por aburrirla y los dejaba abandonados sin concluirlos. Hay millones de ser humanos que jamás han leído un libro y nadie se escandaliza por ello; la tal Victoria es una de ellas y la literatura sigue ahí. Seguramente por ser una persona multimillonaria, popular y ociosa, las críticas recayeron sobre ella a causa de esa desafortunada declaración inicial que luego trató de remediar con una segunda que a mí me parece interesantísima: es decir, la esposa del futbolista David Beckham sí había abierto libros con sus manos delicadas pero nunca había conseguido concluirlos. Ella cometió la ingenuidad de afirmar que nunca había leído un libro o que no lo había llegado a finalizar: dado su carácter meramente icónico y su apariencia de papel cuché, el mundo de la llamada prensa rosa se le ha echado encima con voracidad de tiburones. Y si uno iniciase (que no es el caso) una investigación al respecto, seguramente descubriría que medio mundillo folclórico, buena parte de la aristocracia, dos tercios de la Conferencia Episcopal, ocho décimas partes del universo deportivo jamás han abierto un libro. Las mismas declaraciones que hizo la tal Victoria se las he oído a ciclistas, por ejemplo, a jugadores de fútbol, a personajes de eso denominado el mundo del corazón y nadie se ha metido con ellos. Pero ella, claro, es pija, ociosa y extranjera. El asunto revestiría alguna gravedad si los libros que tuvo en las frágiles manos hubiesen sido de Flaubert, de Calvino, de Döblin, de Sthendal, de Rulfo, de Eça de Queiroz o hasta de García Márquez. Pero sospecho, acaso erróneamente, que lo que entra en esa casa bajo la apariencia externa de un libro, son best-sellers, o sea, D. Brown, obras de Ken Follet, de Coelho, de John Grisham, de Douglas Preston, de Koontz, de Danielle Steel, tal vez de Bárbara Cartland y Las mil mejores poesía de la lengua inglesa, en definitiva, no entra literatura en la mansión sino bazofia editorial, ésa de la que tantas veces y tan inteligentemente renegó Juan Goytisolo. La verdad es que a cualquier lector se le cayó de las manos, no tan livianas como las de Victoria, algún libro y en ocasiones de escritores notables: podría pergeñar una lista particular pero a mí me sucedió con obras de Saramago, de Márquez, de Umbral, de otros autores que me gustan pero que en ocasiones se equivocan y fallan como fallamos todos en cualquier actividad. Así que a mí la segunda declaración de esa mujer que es pura frivolidad me pareció una crítica sensata: no pudo finalizar libros porque los libros eran sencillamente mercadotecnia y no literatura. No siento la menor simpatía por la tal Victoria Beckham pero a veces, como sucede con los errores de los que consideramos inteligentes, también los que consideramos necios tienen frases que esconden una dosis de cordura superior a la que de ellos esperábamos. Si la afirmación en vez de haber sido proferida por la ex Spice Girls la hubiese sentenciado Carmen Sevilla, la prensa antes mencionada lo hubiese tomado como una boutade o una nota de casticismo celtibérico lleno de simpatía y naturalidad. Pero lo ha dicho, insisto, una pija, ociosa, extranjera que dice que España huele a ajo. No nos engañemos: hay más gente que jamás ha leído un libro que gente que lee habitualmente; hay más gente que lee libros infumables que gente que lee libros que signifiquen algo en el mundo de la literatura; hay más gente que cierra a medias un libro que personas que los concluyen. Incluso se puede afirmar rotundamente que hay críticos literarios que jamás han leído un libro: pasaron por el volumen por la obligación inherente a su oficio, nada más, rozándolo superficialmente, sin adentrarse en él. Existen lectores analfabetos que leen muchos libros. En ocasiones, cerrar un libro sin llegar a su final porque el libro nos parece malo, es una forma excelente de criticarlo. El problema estriba en qué libros abrimos con nuestras manos ya cansadas: cuando abrimos uno bueno y lo cerramos, cometemos un delito; cuando abrimos uno malo y lo cerramos, establecemos la justicia última del lector, a la que están sometidos los escritores. Me imagino a Victoria permanentemente maquillada, sentada en un sofá, abriendo un libro con sus manos huesudas y durmiéndose en la página cinco y no encuentro el asunto tan grave como para suscitar las iras de los que ni los abren.  
 
  
 
     
 
  
 
 
J. M. Pérez Álvarez, 2005