Lo incumplido

 
  
 
  La vida es siempre un proyecto inacabado, un trabajo inconcluso, como posiblemente todas las novelas sean novelas inconclusas. Uno puede alcanzar la vejez, echar la vista atrás y mantener que ha vivido con un cierto decoro, que ha cumplido los objetivos que se había propuesto o que el destino le tenía determinados y sin embargo nunca una biografía es una biografía redonda, un trayecto circular que se cumple perfectamente. Ni las hagiografías que los devotos escriben y en las que ensalzan las virtudes del santo con tintes sobrenaturales ni las biografías de los dictadores escritas por negros sumisos y que borran cualquier detalle que pueda enturbiar la imagen del biografiado son vidas perfectas. Si el tiempo nos respeta y llegamos a viejos y entonces repasamos nuestra vida, siempre existirá una brecha, una grieta, una falsificación que nos haga comprender lo inconcluso de nuestra existencia. En algún momento no tendimos la mano que nos solicitaba ayuda o pasamos de largo ante quien nos requería, escamoteamos el abrazo que al otro le era indispensable para aguantar la amargura o dijimos te quiero cuando no resultaba cierto. Uno siempre se queda a medias: incluso cuando alcanza eso que se denomina éxito sabe interiormente que hay algo que falta o que algo está de más y que enturbia la placentera sensación, dándole un tono de fracaso, quizá secreto. La realidad está en los libros imperfectos porque es allí donde la vida se escribe tal cual es, sin los amores excesivos ni las pasiones desmesuradas, sin las atormentadas relaciones que se ven, por ejemplo, en las telenovelas. Las digresiones forman parte de lo mejor de la buena literatura: las digresiones forman parte de lo mejor de una existencia. Porque si una vida fuese una agenda exacta y previsible, que se cumple sin contratiempos, vivir sería un largo hastío. Es lo imprevisto lo que altera esa quietud de tarde de domingo frente al televisor: el rincón de la ciudad que nunca habíamos descubierto, la mujer que vemos desde el cristal del autobús, el hombre que descubrimos mientras esperábamos un tren: deseamos entonces vivir en aquel rincón secreto de la ciudad, dejarlo todo por esa mujer entrevista, empezar una nueva vida al lado de ese hombre que no volveremos a ver jamás. Nunca se cumplen los futuros previstos sino aquellos que no podemos prever y quizá eso nos salve de la monotonía. El azar traza esos caminos equívocos, esas sendas en las que nos perdemos, esas citas que nunca se cumplen o se cumplen a deshora. Nadie proyecta lo que nos ocurre, incluso cuando establecemos los pasos que vamos a dar con la certeza de que somos nosotros quienes planeamos semejante estrategia de futuro. Un simple hasta luego o hasta mañana, esconden una serie de posibilidades infinitas: hay a quien a esto le llama destino, quien que le llama Dios. Así vagamos, incumpliendo siempre lo soñado o lo prometido, a ciegas en un trayecto del que sólo sabemos el principio, jamás el final que nos espera. La vida se establece sobre una red finísima, un entramado de telaraña cuya fragilidad debería hacernos amar el instante por efímero y fugaz como un verso de Horacio. Saber que cada segundo puede ser el último nos acerca a los dioses, nos emparenta con los místicos, trasciende nuestra existencia para convertirla, por vulnerable y efímera, en la única certeza a la que aferrarse. Se aburren los miserables. Los que gozan y los que sufren tienen entre sus manos una vida fiable, una frágil seguridad de que en el último momento podrán saber que no desperdiciaron la vida imprevista, la que va sucediendo por debajo de la que proyectábamos: si vivir fuese tan monótono como planear un viaje y cumplirlo rigurosamente, caerían en lo que suelen ser los viajes organizados: ese mal sabor de boca con el que regresamos, sabiendo que al otro lado o al margen de lo que nos fue mostrando el guía, hemos dejado pasar el verdadero sentido de nuestros pasos, sin adentrarnos en la esencia de la realidad sino en burdas semejanzas. De ese tipo de viaje regresa uno con las mismas fotos de siempre. De los verdaderos viajes imprevistos como de la vida insólita, uno no conserva fotografías sino la memoria de haber descubierto por azar algo que no nos habían prometido en el catálogo. El hastío es eso, un catálogo previsible que hojeamos al cabo del tiempo y que no nos ha hecho más sabios sino más aburridos porque no hemos sabido ver lo inconcluso, lo imperfecto, lo imprevisible donde la vida o el azar cumplen lo que nunca nos prometieron. La palabra FIN no termina con nada: abre la posibilidad de una nueva lectura. Sólo eso.  
 
  
 
     
 
  
 
 
JANO, 2005