VERÍN: LA DESCONCERTANTE CONFESIÓN DE ROMASANTA Y EL NACIMIENTO DE “O LOBO DA XENTE”
De negarlo todo ante el alcalde de Nombela primero y luego en el Juzgado de Escalona, devuelto a tierras ourensanas el que ya aquí se conocía como “O do Unto” y “O Sacamanteigas” empezaría a confesar en el Juzgado de Verín. Sobre todo al principio, su confesión resultó tan desconcertante como increíble.
Aquí ya no negó que fuera Manuel Blanco Romasanta y, consiguientemente, admitió que la de Antonio Gómez era una identidad falsa con la que había salido a Castilla. Pero ésto, al igual que los detalles de su huída, las artimañas hurdidas para la obtención del pasaporte y el engaño al alcalde de Vilariño de Conso, e incluso las razones que le habían movido a abandonar el Reino de Galicia, quedaron en un segundo plano cuando Romasanta manifestó el carácter de su mal y la causa de trece muertes.
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“Dijo: llamarse Manuel Blanco Romasanta, natural de Rigueiro, a su parecer del partido de Allariz, sin vecindad fija, ni residencia, por la clase de vida a que se había dedicado de trece años a esta parte, por lo que manifestará; de estado viudo, oficio tendero ambulante, y de 42 años de edad”.
PRIMERAS DECLARACIONES DE ROMASANTA ANTE EL JUEZ DE VERÍN. CORRESPONDEN A LA INDAGATORIA PRACTICADA POR DICHO JUZGADO, Y SE HALLAN EN LA PRIMERA PIEZA DE LAS SEIS Y EXTACTO DE QUE CONSTA LA CAUSA SEGUIDA CONTRA ROMASANTA: LEGAJO 1788, ARCHIVO DEL REINO DE GALICIA, A CORUÑA. |
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Fue a partir de entonces cuando Romasanta dijo estar bajo la influencia de un maleficio que le convertía en lobo sin que su condición humana fuera capaz de evitarlo. Aseguró que así había sido desde hacía 13 años, hasta que el día de San Pedro -el 29 de junio- de aquel, 1852, tres días antes de que en Nombela le reconocieran aquellos tres de Laza, como queda dicho, el maleficio desapareciera.
En tal situación, manifestaba el de Regueiro sentir la irrefrenable necesidad de devorar a sus víctimas, lo que hacía sin paliativos y con tan poco impedimento como imposible le resultaba remediarlo. Decía ser consciente de lo que ocurría cuando ocurría, y después de haberlo hecho se lamentaba y maldecía porque era consciente de la gravedad de lo ocurrido y de lo irreversible de la suerte de sus víctimas. Pero que ésto no ocurría hasta unos cuantos días después, dos como mínimo, cuatro por lo general, y a veces llegaba hasta los ocho. Este era el tiempo que la transformación le duraba, y el tiempo que, según él, vagaba por la sierra siguiendo las pautas de predador que no las de humano.
Por más que se le interpeló al respecto, Romasanta ya jamás se desdijo de esta primera declaración. Si acaso la amplió, aunque su relato no ganó mucho en detalles pese a que todavía habrían de ser unas cuantas las salas, de mayor o menor calado, por las que su caso habría de pasar. Debió de desconcertar tanto a la justicia como increíble resultaba la versión que de la causa de los hechos facilitaba Romasanta, que pasaron a un segundo plano del interés incluso de los jueces, otros aspectos del asunto que al mismo tiempo refirió “O do Unto”.
Romasanta aseguraba haber dado muerte no a nueve personas sino a trece. Antes que los García Blanco y las Rúa había cuatro más en O Val de Conso, a decir del propio reo. Diría, además, que en la mayoría de las ocasiones en las que había sufrido las transformaciones, se encontraba en compañía de otros dos licántropos, de los que sabía tan poco como que uno decía llamarse Don Genaro y era valenciano, y el otro era un tal Antonio de tierras no lejanas al anterior, levantinas quizás. Además, el certificado falso para el pasaporte que obtuvo del alcalde de Vilariño de Conso, se lo hizo el tal Don Genaro, según Romasanta, quien también escribió algunas de aquellas cartas con tan favorables nuevas que Romasanta llevaba luego a los de Laza.
Cuando surgía el maleficio, los tres hombres sufrían la misma mutación y el sacrifico de las víctimas se convertía para los tres en un festín. Luego vagaban por el monte hasta que cada cual recobraba su condición humana. Cosa que no ocurría al mismo tiempo. Y de ellos ya no volvía a saber más.
Otro tanto hizo la justicia. Las indagatorias practicadas sobre la identidad de ambos sujetos fueron mínimas, limitadas quizás únicamente al mero trámite, la rutina burocrática, sin casi la menor confianza en que pudieran dar algún fruto. No alimentó el interés sobre el tal Don Genaro, ni siquiera el hecho de que posteriormente se constatara que la letra del falso certificado no correspondía a Romasanta.
Llegados a este punto, como se ha dicho, todo lo no concerniente estrictamente a Romasanta se apartó del caso, como si médicos y forenses, letrados y jueces, alcaldes y cualquier otra autoridad que por cual razón se viera involucrada o próxima al caso, ya tuviera suficiente con lo que se derivaba de la confesión de las nueve muertes de “O do Unto”.
Y en consonancia con ello, la propia justicia resolvió cualquier posibilidad de ampliar las averiguaciones que representaba el hecho de que Romasanta confesara aquellos otros cuatro presuntos crímenes, estableciendo que aquellos que “O do Unto” decía haber cometido en O Val de Conso sí correspondían a lobos propiamente dichos, pero no a éste que con su declaración daba en postularse como “El Hombre Lobo”, “O Lobo da Xente” , "O Lobishome", según él, un manifiesto e innegable caso de licantropía.
Si Romasanta había querido sorprender a todos, los jueces los primeros, sin duda que lo había conseguido con creces. Aún así, se imponía cubrir el trámite de la localización de los desaparecidos por mor de eliminar la más mínima posibilidad de cualquiera de los García Blanco o las Rúa pudieran seguir con vida. Proceso que, como se dijo, no se había abierto desde Ourense por ningún juzgado de los aquí existentes, sino por el juzgado de Escalona a raíz de la denuncia de aquellos tres de Laza en Nombela.
Desde entonces, se venía ocupando del asunto Demetrio Opazo, alcalde de Laza. Su suerte había sido tan poca en el aspecto de dar con el paradero de los presuntos cuerpos del delito, como poco en claro logró establecer con las declaraciones de aquellos paisanos que el alcalde, requisitoria tras requisitoria, hizo comparecer ante sí. A no ser curiosidades como la que se derivó del testimonio de un tal Benito Ariel, quien aseguró que, a pesar de las buenas relaciones existentes entre Romasanta y el cura de Rebordechao, ambos habían andado a cachetazo limpio en alguna ocasión.
Como quiera que el alcalde de Laza no dió con nada que aclarara el paradero de los desaparecidos, ni siquiera que pudiera establecer que cualquiera de los nueve seguía con vida, Demetrio Opazo dio por concluida la búsqueda el 17 de agosto de aquel año, 1852. Y en auto que obra en el sumario de la causa, así lo puso en conocimiento del Gobernador Civil:
“En atención a que no aparece cuerpo del delito y que los presuntos delitos fueron perpetrados en la Sierra de Montederramo, Partido Judicial de Trives, y que es notorio que el Manuel de Rebordechao se halla preso en el Juzgado de Escalona, remítanse estas diligencias al Sr. Gobernador Civil de esta Provincia, para que de ellas haga el uso que corresponda. Lo mandó el Sr. Alcalde y Presidente del Ayuntamiento”. [DISPOSICIÓN DEL ALCALDE DE LAZA. OBRA EN EL SUMARIO DE LA CAUSA, PIEZA PRIMERA DEL LEGAJO 1.788]
Esto se producía exactamente tres días después de que también en el Boletín Oficial de Santander se hubiera insertado un anuncio reclamando datos sobre la posible presencia en estas tierras de los Garcia y las Rúa. Las actuaciones dispuestas por Domingo de Rusio no sirvieron tampoco aquí para dar con el paradero de cualquiera de los nueve, ni que una sola persona diera cuenta siquiera de haber escuchado hablar alguna vez de los García Blanco o las Rúa. 
Se daba por concluído el proceso de búsqueda de los nueve. Lo mismo en su Ourense natal y de vecindad que en aquel Santander donde "O do Unto" les prometiera acomodo y povenir como no por aquí no se conocía, no aparecieron los García Blanco ni las Rúa. Ni vivos ni muertos. Ni tampoco había, como oficialmente hace constar el alcalde de Laza, "cuerpo del delito".
Llegado este punto, fue cuando el Juzgado de Allariz reclamó al de Verín al detenido. Y lo hizo en los siguientes términos:
“Habiéndose hecho público que el procesado Manuel Blanco se halla en la cárcel de Verín donde le ha detenido al tránsito de la de Escalona, ofíciese con el Sr. Juez de dicho Verín para que siendo cierto hallarse allí cuestado Manuel Blanco, lo remita con la debida seguridad a disposición de este Juzgado...” [AUTO DEL ALCALDE DE ALLARIZ, FRANCISCO GÓMEZ. CONSTA EN EL SUMARIO DE LA CAUSA]
Llevaba la firma de D. Francisco Gómez, Alcalde y Juez de Allariz, según consta en el sumario, y fecha de 3 de septiembre de aquel año, 1852. |