TRES DE LAZA Y UNA DENUNCIA

      Llegado el momento diría a la justicia “O do Unto” que el 29 de junio de 1852 le había desaparecido el maleficio. Quizá con él se apagara también la estrella que había acompañado todos aquellos años a Romasanta. Porque a pesar de como había tramado su salida a Castilla y lo bien que le había salido el asunto del pasaporte, solo la fortuna pudo deparar que aún así el tendero fuera reconocido muy lejos de donde se le conocía. Fue en Nombela, provincia de Toledo.

      Hasta lugar tan lejano habían llegado también otros gallegos. Entre ellos, Martín Prado, que era vecino de Vilameá de Laza, Marcos Gómez, de Tamicelas, donde Romasanta había vendido la vaca parida de la Josefa, y José Rodríguez, de la misma Laza. Es decir, tres paisanos de Romasanta que conocían tan bien al buhonero como el caso de las desapariciones, asunto por entonces de dominio común entre las gentes de estos lugares. Los tres, Martín, Marcos y José, se presentaron ante el alcalde de Nombela a eso de las diez de la noche de aquel 2 de julio, para denunciar a “uno que en su tierra es tenido por criminal en alto grado” y que, al igual que ellos, se ocupaba en aquellas tierras en las siegas.
      Sorprendido el alcalde por el carácter de la denuncia y el alcance de los hechos que los tres le imputaban al denunciado, el alcalde les pidió que avalaran con pruebas, a poder ser, la gravedad y las imputaciones y de lo que ante él estaban denunciando. Y se dió el caso, para desgracia de Romasanta, que uno de ellos, Martín Blanco, reveló que había sido él quien comprara para su esposa a “O do Unto” en su día, uno de aquellos pañuelos de seda de Josefa García. Prenda que aseguraba que tenía su mujer, Valentina Rodríguez, en su casa de Vilameá de Laza.
      Para cuando el hecho de la denuncia sucedió, los tres de Laza en Nombela parecían haber hecho acopio de cuantos datos habían podido reunir. Y así, denunciaron incluso que la de Antonio Gómez era una indentidad falsa, que quien así decía llamarse en Nombela era en Ourense Manuel Blanco Romasanta. Puede que algunos de aquellos datos fueran algo o bastante imprecisos, pero otros, por contra, eran concretos y firmememente defendidos por aquellos tres gallegos que asegurban haber sido hasta hacía poco convecinos de Romasanta.
      Oídos los tres de Laza, el alcalde de Nombela dispuso la detención de aquel que allí constaba como Antonio Gómez.

      Las indiscriminadas ventas que “O do Unto” había hecho de cuantas prendas de los García Blanco y la Rúa había podido, no iban a ser su único error. Romasanta seguía cometiendo fallos, puede que no muchos, pero algunos de ellos determinantes para su suerte.
      Ante el alcalde de Nombela aquel que decía ser de profesión cedadero aseguró, por activa y por pasiva, que era quien en su pasaporte se decía, Antonio Gómez, vecino de Nogueira de Montederramo. Negó que conociera a quienes decían conocerle y aseguró que era mentira cuanto decían aquellos de sus correrías por tierras ourensanas. Y todo lo dijo con serenidad y entereza, sin perder la compostura. Pero el alcalde de Nombela decidió ponerlo a disposición del juez de Escalona porque el asunto se había complicado a raíz del registro que se practicó donde se alojaba.
      Allí se encontró, junto a un romance de enamorados de la época y otros efectos sin mayor trascendencia al caso, una bula de la Cruzada de 1851. Este documento sí resultaría determinante porque estaba a nombre de Manuel Blanco.
Ante el juez de Escalona, Romasanta insistió en que se trataba de una equivocación. Aseguraba ser Antonio Gómez, tal y como en su pasaporte ponía, y explicó lo de la bula a nombre de Manuel Blanco diciendo que el tal era su primo, la bula suya y que se la había cogido por equivocación. Únicamente admitió ante la autoridad judicial de Escalona una leve matización con relación a su primera declaración ante el alcalde de Nombela y lo que figuraba en su pasaporte: que su verdadera profesión era la de tacholero, echador de tachuelas, y no la de cedacero.

      Aún así, el juez de Escalona requirío oficialmente al Alcalde de Laza para que indagara sobre el paradero de aquellas personas que los tres gallegos aseguraban haber desaparecido, al tiempo que ponía a disposición del de Verín, Ourense, a aquel que seguía insistiendo en que era Antonio Gómez, de 43 años, natural y vecino de Nogueira de Montederramo, sin hijos y ahora clavador de tachuelas.
      Resulta obvio que el juez no se fiaba del tal Antonio Gómez y de que fuera quien decía ser el ahora tacholero. Y eso que no se había comprobado que en Nogueira de Montederramo, pese a lo comunes de nombre y apellido, no existió nunca ningún Antonio Gómez, según luego se pudo comprobar.
      Eso sí, a partir de este lance la historia de Romasanta cobraría un giro sustancial. Se convertiría en la de un hombre plenamente inmerso en un proceso judicial que iría de menos a más, hasta acabar constituyendo un evento de mucho mayor calado de lo que la propia justicia hubiera podido prever y quizá hubiera querido.
      La estrella de “O do Unto” había comenzado a apagarse sin remedio.