en medio, de su Castro natal.
El hecho de que con las desaveniencias el matriimonio llegara a separarse, no supuso que Benita cambiara de vecindad, si bien dada la proximidad entre Souteloverde y Castro, como queda dicho, la mujer alternó su casa con la paterna.
De hecho, Benita mantuvo con el resto de sus hermanos mayores y mejores relaciones que Manuela, extremo en el que influyó la próximidad con la familia, obviamente, y sin que ello deba presuponer que fueran malas con la que se avecindara en Rebordechao. De hecho, fue Manuela la que la aproximó hasta Romasanta.
De las García Blanco, Benita era una de las que menos recursos tenía. Por lo tanto, una de las más interesadas en las ofertas del tendero. A la partida de Manuela, poco tardó en seguir un interés creciente de la hermana en acompañar a la que ya se había ido a servir en casa de tan hacendado amo de Santander, y que tan buena vida decía Romasanta que la había procurado. Romasanta, además, no descuidaba cebar a la pobre Benita y no cesaba de acudir a tierras de Laza portando excelentes misivas. En alguna ocasión, para abundamiento de su excelente reputación y la confianza que merecía, se servía Romasanta de la mula del cura de Rebordechao.
Poco iban a tardar en caer madre e hijo. Habrían transcurrido unos seis meses desde que Petra y Manuela abrieran la “cartera de colocaciones” de Romasanta, cuando el buhonero accedió a llevar a la mujer y a su hijo, Francisco, con aquellas. Dijo para entonces haberlas encontrado otra casa y otro cura, que no estaba además lejos de donde ya servían la Manuela y su hija. Según Romasanta, no mediaba entre ambas más de una legua, así que el asunto no podía pintar mejor.
Todo se había dispuesto para el mes de marzo de 1847. En este caso no había que hacer demasiadas previsiones. La Benita no tenía nada de lo que desprenderse porque no tenía posesión alguna, bienes de ninguna clase, ni ganado, ni casas, ni tierras. Lo poco que tenía era ropa. Y ésta se la llevó consigo.
Benita rondaba los 34 años por entonces. El chaval, Francisco, aún no había cumplido los 10.
El 12 de Marzo de aquel año, 1847, Benita, Francisco y Bárbara, otra de las hermanas García, salieron para As Arruás. A este enclave, ubicado en el altiplano de A Alberguería, a donde llegan los caminos que igual suben desde Prado de Vilar de Barrio que desde el valle de Laza, mandó Romasanta salir a Benita y a su hijo. Aquí tenían que encontrarse con el tendero, y así ocurrió.
Cuando reanudaron ya los cuatro el camino, Benita sugirió a su hermana que retornara a Laza sin prolongar más en vano su camino. Y así lo hizo Bárbara. Ella fue la última en ver con vida a su hermana y a su sobrino.
Según lo que a la postre relataría Romasanta a la justicia, un día, dos a lo sumo después de que Bárbara dejara la expedición, otra vez aquejado de aquel terrible maleficio, el “Hombre Lobo” de Allariz dio muerte a la mujer y a su hijo entre un matorral de O Corgo do Boi. Los dos al mismo tiempo, “en una misma mañana y a una misma hora”, dijo Romasanta, que aún concretó que debió ser la madre la primera en morir y que el chaval no tardó mucho en hacerlo. Tuvo que suceder el 13 o 14 de Marzo de 1847.
El mencionado paraje, O Corgo do Boi, es el único que se sale del escenario de los sucesos de la autoría de Romasanta. También las de Benita y su hijo Francisco son las únicas muertes que se produjeron aquí o, dicho de otro modo, que no se produjeron en A Redondela o As Gorvias.
El paraje se ubica un tanto a desmano de los recorridos más usuales del tendero. Sin que pueda descartarse que por aquí atravesaran entonces los caminos que enlazaban entre Laza y Queixa por la zona más alta del Macizo Central Ourensán, sino al contrario, O Cogo do Boi es el nombre de una de las pequeñas cuencas que, junto a Cabrós, Cabronciños o Cabrociños y As Casas, vierten las primeras aguas al Río de Queixa antes de que éste se convierta en el Navea. Se trata de un paraje intrincado, rodeado de escarpadas laderas, como lo refleja el hecho de que cuando aquí se hallaron los únicos dos huesos que la justicia relacionó con los desaparecidos, los facultativos establecieron que uno de ellos "anduvo rodando a merced de lo aluviones", lo que el defensor de Romasanta aprovechó para establecer que "el hueso, pues, vino hacia abajo traído por las aguas" y que Romasanta no había dicho la verdad.
Como quiera que fuera, lo más fácil y lógico habría sido que el camino de los tres no discurriera por O Corgo do Boi sino por la cumbre de la sierra. Tan lógico como difícil resulta encontrarle sentido al tránsito por lugar tan complicado, aunque tampoco podría descartarse y menos taxativamente.
Blanco tardó en aparecer por Laza los días de rigor que exigía la lógica del viaje. Cuando esto sucedió, llegó portando nuevas de las dos hermanas y sus dos hijos. Inmejorables, ya que a la Benita le había tocado la lotería. Con lo cual, su ida a aquellas tierras, además de lo bueno del amo, casa y vida, había sido como levantar un dedo y tocar el cielo. Y para colmo de venturas, resulta que al Francisco le estaba yendo muy bien estudiando para abogado. Las colocaciones de Romasanta eran un valor en alza, aunque siempre según él, claro.
Así que ahora le tocaba el turno a la Josefa y su hijo, otra García que estaba también muy interesada en el asunto. Pero ni iba a ser la siguiente ni el próximo viaje iba a ser inminente. La próxima sería Antonia Rúa, comadre de Manuela y vecina de Rebordechao, y la espera no iba a resultar inferior a tres años, marzo de 1850.
Puede que tuviera mucho que ver con aquella especie de interrupción o receso en el proceso emprendido por Romasanta, el hecho de que la gente había empezado a hablar.
El buhonero había cometido algunos fallos, quizá llevado de su afán de riqueza fácil y, sobre todo, un exceso de confianza en sus propios movimientos: a los pocos días de la partida de Benita y Francisco, Romasanta había vendido ya algunos efectos de aquello que de poco valor tenía la mujer, la ropa que viajaba en un saco con los de Laza.
Ya algunas voces parecían querer destapar el montaje de Romasanta. Hablaban de una colcha, algunos pañuelos y una falda de la García que el buhonero les había “colocado” a varios paisanos de Montederramo. Pero sólo eran tímidas voces, leves rumores a los que tampoco el buhonero pareció prestar demasiada atención. En el caso de las ropas de la Benita, no le resultó difícil explicar que ante tanta prosperidad se las habían regalado para que sacara por ellas unos reales y, por ende, Romasanta seguiía con sus alentadoras misivas supuestamente enviadas desde tierras tan lejanas como prósperas. Sin embargo algo iba a cambiar a partir de aquí y ahora: las siguientes que Romasanta iba a procurar acomodo en casas de ricos amos ya no iban a ser tan pobres como estas dos, y un afán tan desmedido como poco discreto se iba a disparar en el buhonero que acabaría por hacer saltar toda suerte de sospechas entre muchos de sus convecinos. |