LAS VÍCTIMAS

      Declararía a la postre Romasanta, que ya para cuando había alcanzado las tierras altas, frías e inhóspitas de Vilar de Barrio, estaba aquejado de un mal que le llevaba a devorar a quien a su alcance estuviera una vez hubiese mutado en lobo. Cuando esto ocurría, aseguraba sentir la necesidad irrefrenable de devorar a sus víctimas, fueran mujeres o hombres, incluso niños. Y que así había sucedido trece veces, que no nueve como la justicia quería probar.
      El mal ya lo tenía dentro cuando sucedió lo del alguacil de León, porque dijo Romasanta ocurrirle desde 1839, cinco años después de la muerte de su esposa. El maleficio, según el relato a la justicia del propio Romasanta, le desapareció al buhonero “el día de San Pedro” de 1852 es decir, el 29 de junio del mencionado año. Le había durado trece largos años.
De los hechos, solo dos personas habían sido testigos. De la identidad de ellas, solamente Romasanta indicó que uno se llamaba Don Genaro, valenciano, y el otro “un tal Antonio”, posiblemente alicantino. En compañía de ellos, los tres transformados en lobos, habían dado muerte a sus víctimas. De sus dos socios Romasanta jamás dió más datos, a no ser que en alguna ocasión vagaron los tres convertidos en lobos tras haberse dado los festines colectivos.
      A la justicia esto acabó por interesarle tan poco como deshacer la maraña en la que Romasanta había tornado el caso del alguacil de León una vez que la justicia pudo tenerlo a su alcance. Tan poco fue el interés por la presunta compañía de los que Romasanta aseguraba que se volvían también lobos como él, como el hecho de que el tendero hablaba de trece víctimas, trece muertes, cuatro más de las nueve personas a las que las investigaciones en curso querían alcanzar y ceñirse.
      En tal situación, la justicia prefirió remitir a un plano muy discreto de sus actuaciones a los mencionados Don Genaro y Antonio, y estableció que aquellas cuatro muertes ocurridas en tierras del Val de Conso ourensano en efecto eran atribuibles a las alimañans es decir, a lobos reales que no al lobo que decía haber sido Romasanta.

      Las víctimas por las que la justicia se interesaba y que Romasanta asumió producto del maleficio que padecía, pertenecían todas a las familias García Blanco y Rúa.
La primera de ellas, con la que Romasanta llegaría a compartir los primeros días de su aparente vida de estabilidad en Rebordechao, era Manuela, Manuela García Blanco.

 

      “y quiso su desgracia que Manuel entrase con la primera en relaciones, bien fuesen amorosas según alguien indica, bien fuesen de mera amistad”.
      SE DESPRENDE DE LA EXPOSICIÓN DEL MINISTERIO FISCAL EN BASE A DECLARACIONES DE VECINOS DE ROMASANTA EN EL JUZGADO DE ALLARIZ. SE ENCUENTRA EN LA PRIMERA DE LAS SEIS PIEZAS DE QUE CONSTA EL SUMARIO DE LA CAUSA.

 

      Las García Blanco eran naturales de la localidad de Castro de Laza, del municipio ourensano del mismo nombre, Laza, una localidad que se asienta en el valle que se abre desde las cumbres de O Invernadeiro por el curso del Támega hacia Verín. La mujer había estado casada con un tal Pascual Merello, quien había fallecido para cuando la justicia intentaba esclarecer el asunto.
      El de Manuela y Pascual fue un matrimonio desavenido, pero del que hubo una niña, Petra. La mujer llegó a Rebordechao sobre 1838, producto de otro matrimonio con otro Pascual, éste Gómez, vecino de esta localidad. La coincidencia en los nombres produjo algunos errores en el propio proceso judicial. Y al igual que en el caso anterior, tampoco este matrimonio funcionó.
      Igual que las de su casa, Manuela abrió a Romasanta las puertas de otras dos de sus hermanas, Josefa y Benita. La descendencia de Vicente García y Rosa Blanco había sido prolija, el matrimonio tenía todavía otros cinco hijos más, Francisco, José, Luis, María y Bárbara.
      Antonia Rúa, otra de las víctimas de “O do Unto”, era natural de Rebordechao, soltera y madre de dos niñas, María y Petronila. Se sospechaba incluso que Romasanta era el padre de esta última. Con la madre, Antonia Rúa, al igual que con Manuela García, se decía en Rebordechao que había estado unido sentimentalmente Romsanta. Además de esto y de ser comadres, las dos tenían en común la escasa suerte que su vida afectiva había tenido.
Todas y todos sus hijos corrieron la misma suerte, los nueve salieron un día en busca de mejor fortuna, prosperidad y acomodo en casas de amos ricos, y jamás volvieron a ser vistos por los suyos ni por los lugares de costumbre.
      Junto a los suyos volvió Romasanta en cuantas ocasiones estimó oportuno con misivas por las que, supuestamente, los de allá le daban cuenta a los de acá de lo bien que le iban las cosas en tan lejanas tierras, al tiempo que les animaban a que se reunieran con ellos. Luego confesaría Romasanta que los desgraciados nunca llegaron a ninguna parte, y que él mismo los destripó en la soledad de la montaña vuelto lobo y preso de una irrefrenable necesidad de matar cuanto bicho viviente estuviere a su alcance.
      Tampoco el hecho de que Romasanta asegurara que aquellas cartas se las escribía el tal Don Genaro, y aún el protagonismo que al mencionado le concedió en otras peripecias, acabó por conseguir que a la justicia le interesara lo más mínimo saber de quien se trataba o, simplemente, de si podía haber existido.

      De todos ellos, madres e hijos, ni en Castro de Laza ni en Rebordechao quedan actualmente vestigios mínimamente claros y suficientemente definitorios. Extremo al que contribuye poderosamente la cantidad de García y de Blanco que existen en Castro y el no menos considerable número de Rúa y de Caneiro que es posible contabilizar en Rebordechao.
      Curiosamente, incluso, en la parroquial de Castro de Laza abundan también los Romasanta, sin que por ello pueda entenderse que se trate de la descendencia de "El Hombre Lobo" ni que Manuel Blanco, como queda dicho, fue de aquí.