PRIMERAS CUENTAS CON LA JUSTICIA: LA MUERTE DEL ALGUACIL DE LEÓN
El 21 de Agosto de 1843, salió Vicente Fernández, alguacil de León, al encuentro de Romasanta. Llevaba la misión de embargar la tienda del gallego. Romasanta debía al comercio de Alonso y Sardo 600 reales. Todo, según D. Miguel Sardo, producto de la mercancía que se había ido llevando Blanco de fiado. La confianza del gallego en aquella casa de Ponferrada había tocado más que fondo.
El alguacil llevaba una zamarra de pieles, capa parda a medio usar con embozos de pana ya bastante estropeados y broches dorados al cuello, un reloj de plata con cubierta de concha, y se acompañaba de una perrita de aguas. Pero nadie vio al alguacil, o al menos nadie dijo verle. Solo su viuda dijo tener constancia de que al próximo día de su salida, el 22, Vicente Fernández se había encontrado con Romasanta muy cerca del lugar en donde el buhonero tenía la tienda. Según las referencias judiciales, en Pardavé, tierras de León. Pero absolutamente nadie corroboró la versión de la ya viuda.
La mujer, Gumersinda Jalón, sostuvo que ambos salieron juntos de esta localidad en dirección a donde nunca se supo. Entrada la noche del 25 de aquel mismo mes, un maragato encontró el cadáver de un hombre entre unas uces a una media legua del citado Pardavé.
Y junto al cadáver, la perrita de aguas que acompañaba a su amo. Vicente Fernández no hacía mucho que había muerto “porque aún no se notaba olor alguno”, dijeron los cuatro que durante toda aquella noche se quedaron a custodiar el cadáver del alguacil.
Era lógico que las primeras sospechas apuntaran hacia Blanco. Después de todo, al gallego le iban en el asunto 600 reales. Pero nadie daba fe de haber visto ni al alguacil ni al gallego, ni solos ni en mutua compañía.
Unicamente una tal María García, que tenía una taberna en el pueblo leonés de Brañuelas, no excesivamente lejano ya de las tierras de Ourense. Según la tabernera, el día 25, muy temprano, se presentó un hombre en su casa con la intención de comprar algo que llevarse a la boca. La mujer no conocía al hombre y únicamente dedujo de su identidad que, por el acento, debía ser gallego. Este, no entabló con la mujer más conversa que la justa y necesaria para hacer provisión de viandas. Eso sí, en un lance de la escasa conversación entre ambos, la tabernera notó que el hombre venía mojado de las rodillas para abajo y le preguntó por un posible percance. Pero el gallego sólo dio por explicación que se le había escapado un caballo que había dejado paciendo el día anterior, y que toda la noche lo había andado buscando.
La tabernera solo pudo darle al gallego media libra de pan, unos pimientos y un cuartillo de vino. Pese a la escasa conversación que el hombre estaba dispuesto a trabar con la tabernera, nada pareció urgirle cuando le pidió prestada a la mujer una sartén en la que asar los pimientos con la firme intención de devolvérsela en cuanto lo hubiera hecho. Y así ocurrió a las tres o cuatro horas, según dijo a la justicia la mujer.
De tan extensas indagaciones que la justicia quiso practicar sobre el caso a la mujer como inconcretos resultaron en muchos términos sus testimonios, poco se pudo concretar siquiera sobre si aquel hombre era o no Romasanta. Además, tres días antes de hallarse el cadáver del alguacil, el gallego había presentado al alcalde de Pardavé un recibo en conforme dos de sus hermanos habían saldado la deuda motivo del embargo. Y el alcalde lo levantó en el acto.
El testimonio de la tabernera de Brañuelas servía para bastante poco. Las sospechas de la viuda del alguacil, por muy fundadas que se estimaran, no se avalaban con hecho alguno. El alcalde de Pardavé nada pudo decir de los pasos de Romasanta, ni de dónde venía ni hacia dónde se había ido una vez que había presentado el recibo de haber saldado la deuda y el alcalde había levantado el embargo. El promotor de la denuncia, el Sr. Sardo, sólo pudo precisar que la deuda le había sido satisfecha en los últimos años y en diferentes partidas por los hermanos de Blanco que también solían correr aquel país. La Justicia estaba en un brete, no había deuda ni pruebas mínimamente sólidas, pero seguía habiendo un muerto.
Con todo, casi 14 meses después de los hechos, el 10 de Octubre de 1844, el Juzgado de Primera Instancia de Ponferrada, concluídas las actuaciones, dio paso al auto definitivo en que se condenaba a Romasanta a diez años de presidio con retención.
Romasanta había sido juzgado en rebeldía, de que otra forma sinó, y en la sentencia se puntualizaba: “sin perjuicio de oírle cuando se presentase o fuese habido, y en todas las costas”.
El 3 de Diciembre de aquel año, 1844, la Audiencia de Valladolid confirmaba el auto.
Para entonces Romasanta ya se encontraba muy lejos de allí. Había vuelto a su tierra, y los fríos días de invierno en la montaña de San Mamede transcurrían para el tendero agazapado en A Ermida en compañía de las vacas de los rebordiegos.
La justicia tendría ocasión de retomar el asunto del alguacil, ahora con Romasanta dando cuenta de los hechos. Pero resultó ser, como suele decirse, peor el remedio que la enfermedad.
Además de asegurar Romasanta no acordarse después de nueve años de todo aquello que para la justicia resultaba sustancial al caso, "O do Unto" introdujo más elemenos en la vista e hizo recaer las sospechas de la muerte del alguacil de León en otro paisano que, como él, recorría aquellos caminos, y de cuya identidad dijo creía que se llamaba José Vilarello o Vilarellos. Nunca de tal logró saberse. A lo más que se aproximó la justicia, a través de los exhortos que cursó el juez de Trives, fue a un vecino de Troncedo, José Rodríguez, que también había salido de Galicia con una mulita para correr las tierras de Santander, pero del que nada más logró saberse.
Por esto y por un sinfín de peripecias más que Romasanta acabó introduciendo en las pesquisas que la justicia pretendía hacer ahora que tenía ante sí al ya juzgado en rebeldía, concluyó la investigación sin realmente investigarse nada ni que nada saliera de las respuestas de "O do Unto" suficientemente en claro. Más bien al contrario.
Para colmo, la justicia ya tenía más que de sobra cuando, pretendiendo probar que Romasanta era el autor de la muerte de nueve vecinos de Laza y Rebordechao, aquel que ya se confesaba autor de tales aquejado de un maleficio que le transformaba en lobo, ampliaba sus crímenes a otras cuatro personas, trece en total.
Demasiado para reparar en el galimatías que suponía el incidente de la muerte del alguacil de León. |