">
 



EL MEDIO


      Antes de entrar en el relato de los sucesos y peripecias de Romasanta, no está demás situar a nuestros hombre en el contexto del tiempo, la primera mitad del Siglo XIX, y el lugar o lugares que le tocó vivir.

      A comienzos de Siglo, dos clases detentaban en Galicia el control de los órganos de decisión política: la nobleza y el alto clero. Y así ocurriía en el resto de España. Eran la élite y se habían consolidado en un equilibrio de fuerzas tan rentable como sólido. Percibían rentas, tenían todos los derechos, gozaban de prebendas..., se habían constituído en escala superior y permanecían como impunes, incluso suficientemente diferenciados de los hidalgos y los campesinos hacendados.
      Éstos, hidalgos y campensinado pudiente, aspiraban a acceder a esa escala a través de métodos legales como podían ser la mera compra de cédulas de hidalguía, o bien ganándolas por servicios prestados en las guerras. También estaban en este caso los burgueses llegados a Galicia a finales ya del Siglo XVIII.
      La existencia de mecanismos adecuadamente elaborados, produjo que el sistema se mantuviera sutilmente estable: las mismas universidades y colegios mayores, eran también métodos de control y selección a fin de salvaguardar las diferencias establecidas.
Obviamente, el campesinado estaba muy por debajo en el escalafón social de la primera mitad del decimonónico, como ausente e indiferente a todo lo que sucedía por arriba. Cuando a Galicia llegaron los efectos de la Guerra de la Independencia, por ejemplo, mientras el burgués vió en la contienda la ocasión de acceder a estratos superiores, el campesinado solo reaccionó cuando las tropas napoleónicas se le hicieron insoportables y el hambre le alcanzó de lleno. El proletariado era desconocido por entonces.
      En cualquier caso, la ruptura del orden establecido no llegó hasta la segunda mitad del XIX, cuando el período comprendido entre los años 1852 y 1854 marcaron “la quiebra definitiva del equilibrio entre recursos y población, y que en el orden económico se manifiestan con las hambres y las pestes”.


 

XOSÉ MANUEL BARREIRO: HISTORIA DE GALICIA, VOL. XVIII. GAMMA, LA CORUÑA, 1984

 

      Solo a partir de ahí y entonces, la situación empieza a cambiar.

      ¿Dónde encaja Romasanta?
      Aunque buen amigo de los curas, cura no fue. Ni tampoco hidalgo capaz de detentar poder político además de económico. Su economía no llegó nunca a dar para tanto.
      Tampoco un burgués de aquellos incipientes todavía en la etapa que vivió Romasanta, y que tan bien se aprovecharon de la coyuntura económica y social del momento para medrar tan pronto como después menguaron.
      Pero tampoco fue un campesino sin más, puro y duro, liso y llano.
      Sin embargo fue entre ellos, con diferencia, donde más se manejó. Por eso no está demás revisar, aunque sea someramente, la situación del campesinado en la primera mitad del XIX. A fin de cuentas, la suya fue también la situación social y económica en la que se manejó “El Hombre Lobo de Allariz”.
      Sobre 1820, quizás unos tres años antes, se registró una brusca caída de los precios de los cereales básicos. Tan importante que es preciso remontarse a mediados del Siglo anterior, el XVIII, para encontrar unos precios tan bajos. Y lo peor había de ser que esta situación se prolongaría hasta mitad del Siglo XIX es decir, durante la práctica totalidad de la vida de Romasanta.
      La caída de los precios no afectó únicamente al campesinado pero, como suele ocurrir siempre, fue el estrato más bajo el que acabó pagando hasta con el hambre la situación. Al igual que ellos, los rentistas, aquellos que poseían tierras por cuyo uso cobraban en especies a los campesinos, resultaron también afectados. La consecuencia inmediata de la devaluación de aquella “moneda”, fue gravar más la tierra subiendo las rentas. La situación se tornó insostenible para el campesinado, que trabajaba la tierra lo mismo para pagar al señor que para sostener su pobre dieta alimenticia.
      Aquello alcanzaría cotas trágicas en 1853, cogiendo a Romasanta preso en Allariz y el proceso judicial contra “El Hombre Lobo” en pleno apogeo. Aquel año, a raíz de las lluvias de finales de verano, principio de otoño, las cosechas se perdieron totalmente.
Junto al hambre, en 1833 se había detectado en Galicia un foco de peste que reaparecería al siguiente año. Entre 1843 y 1847 hizo estragos en varias comarcas de la provincia de Ourense: Valdeorras, Trives, Celanova y Bande, Verín y A Limia, y Ribadavia. Hambre y peste acabar por trazar un panorama realmente complicado, incluso desolador, en varias zonas de la provincia de Ourense.

      Aquello tuvo que contribuir poderosamente al potente fenómeno migratorio que empezó a detectarse por esta época en Galicia. Quizá tenga mucho que ver con que no existan datos concretos respecto a este fenómeno, el hecho de que a los pudientes, a la clase dominante, que los más pobres emigraran no solo no les preocupaba sino que les dejaba a ellos tocando a más entre lo poco que había en la despensa gallega.
      Y así se iría asistiendo a un proceso de emigración desde Galicia muy lento y discreto, pero tremendamente efectivo. Que no existan datos no quiere decir que tal no se produjera, e incluso que el Gobierno no tuviera conocimiento de ello: el 24 de diciembre de 1834 era promulgada una Real Orden “Sobre el modo de conceder pasaportes a los que pasan a los dominios de Indias”.
      No pareció servir para mucho aquella Real Orden, porque dieciseis años después, en 1850, el Cónsul de España en Montevideo, Uruguay, se dirigió al Gobierno español para comunicar que en solo cinco años habían desembarcado en Buenos Aires unos cinco mil emigrantes gallegos. Fue también un negocio lucrativo para armadores y navieras, que trabajaron a destajo para habilitar buques y organizar partidas de “sin papeles” hacia aquellas Indias a las que muchísimos no lograron siquiera llegar con vida. Nunca se supo cuántos, ni quiénes eran, porque ni siquiera se supo nunca que hubieran embarcado en Vigo o A Coruña.
      Ya por entonces se detectó en la provincia de Ourense la emigración de gentes, incipiente al principio, importante a los pocos años y siempre clandestina. No existen aquí tampoco datos suficientemente concretos, pero sí se constataba como en las aldeas y pueblos de varias comarcas o zonas de esta provincia abundaban las mujeres, los niños y los viejos, y faltaban los hombres otrora útiles en las labores del campo. Igual que en la segunda mitad del Siglo XIX se constata documentada someramente una incipiente emigración hacia tierras sudamericanas, fue también un hecho que el vecino Portugal se convirtió en tierra de paso hacia las Indias, feudo libre de todo tipo de trabas a tales fines.

      Con todo, a los efectos de Romasanta conviene precisar que, a pesar de que Ourense no difiere sustancialmente de Galicia en los comportamientos anteriormente mencionados, se da en esta provincia totalmente de interior una considerable expansión de la ganadería. Concretamente en las tierras más altas y peor comunicadas, aquellas escogidas por “El Hombre Lobo”.
      Si de la agricultura a duras penas se podía vivir, es lógico que la situación produjera una especie de “efecto rebote” beneficioso para la ganadería y, con ello, para la zona montañosa de Ourense. Allí donde los posibles de cada cual se contabilizaban en cabezas de ganado, la caída de los precios de los cereales o que las cosechas se hubieran convertido en un “valor” muy inestable, no les perjudicaba tanto, e incluso en algunas zonas se constató una especie de prosperidad relativa.
      Y fue en estos escenarios en los que más y mejor se manejó siempre Romasanta, “El Hombre Lobo de Allariz”.