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Definitivamente no ha ocurrido nada. No iban a ser ellos, los catalanes, los que desenterraran el hacha de guerra de las comisiones. Quizá en ningún lugar del estado procedía menos que aquí, Catalunya, donde "la pela es la pela".
A poco que se tirara del hilo, como ocurrió nada más menear la madeja, se llegó a la conclusión de que el tres, 3% del que había hablado Maragall, era una nimiedad comparado con la realidad. Lo del tres no se lo cree nadie, a no ser que hablemos de historia de este país.
En Galicia, recuerdo, ya pasó a la historia un conselleiro al que se llamó "mister cuatro por ciento". Llegó a acumular entre seis y ocho proyectos de remodelación del trazado de una carretera, por cada uno de los cuales embolsó el 4%. Todavía hoy la carretera en cuestión sigue discurriendo por el trazado de siempre. Él, aunque ya hace años que le perdió la pista al gobierno gallego, al PP y a la política, sigue disponiendo de tan buena salud económica como de gusto por los brandys.
La esencia del problema no está en el porcentaje de la comisión sino en el mecanismo propiamente dicho, en la comisión en sí. Es decir, en un país y en una sociedad que ha pasado de ver a la comisión como un mecanismo pernicioso y perjudicial para el sistema, a una fórmula tan válida y legal como cualquier otra que lo sea.
A poco que se tengan unos años y algo de memoria se puede recordar cuando en materia de comisiones solo había algo tan malo o peor que percibirlas, pertenecer a Comisiones Obreras. No está tan lejos. Y en cambio difícilmente lo recordamos, plenamente instalados en que percibir suculentas comisiones es algo tan natural, incluso intrínsico al cargo, como, por fortuna, lo es para el trabajador poder pertenecer a cualquier sindicato.
Y en cambio no existen razones ni de forma ni de fondo para que pueda ser así, la comisión se sigue percibiendo por la puerta de atrás, en la práctica totalidad de los casos en dinero negro. Ni deja de ser menos evidente que con ellas se compran voluntades. Ni siquiera es loable, si no al contrario, la fórmula laboral del "fijo más comisión" que parte de pírricos salarios y establece emolumentos sin limitación a partir de que cuando mayores sean estos mayores serán también los del patrón.
Pero en una sociedad hecha a la inercia de la prosperidad general y al estado del bienestar, a pocos europeos se les dará tan bien esto de las comisiones como a nosotros.
Cuentan que en una ocasión un político español visitó a su colega alemán y se quedó sorprendido por su lujosa y enorme vivienda. Cuando le preguntó cómo lo había conseguido, el político alemán le indicó la autopista que a lo lejos se divisaba desde la colina en la que se asentaba su fastuosa casa. Y únicamente le dijo "con el 3% de lo que ves".
Cuando el político alemán le devolvió la visita, el colega español lo recibió en algo que parecía ya más un palacio. Había superado en prosperidad a su colega en un tiempo record. Entonces le indicó a lo lejos también, pero el alemán no vio autopista, autovía ni nada que se le pareciera.
Y entonces le explicó que todo aquello se había hecho con el 100% de lo que veía, de lo que había, de nada. |
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