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Pocos hechos como la muerte de Juan Pablo II acabarán por constituir prueba tan evidente de la globalización hacia la que que caminábamos hasta ahor, y a la que parece que hemos llegado de lleno. Pocos hechos como la muerte del jefe de la Iglesia de Roma constituyen semejante conjura de necios. Por enorme que su pérdida pueda ser, aún así pocos hechos como éste deberían resultarme tan indiferentes. En cambio no es así.
A lo que se ve Zapatero no es rencoroso: pese al nada lejano rapapolvo que le endosó el ahora tránsito por los supuestos desaires del gobierno socialista a los curas de este país, Zap ha envidado todos sus barcos a Roma. El gobierno español no ha impartido otra consigna a su maquinaria mediática que la de estar en la onda vaticana. O la televisión de Zapatero se ha vuelto religiosa como no se podía imaginar, o la conjura de los necios es altamente contagiosa. Espero que sea esto último.
Porque, por contra, siguen hallándose vestigios de sensatez entre al menos algunos de las filas de Zapatero. “El derecho de unos no puede suponer una obligación para otros”, argumenta la secretaria de Educación del PSOE, Eva Almunia, cuando anuncia que propondrá al gobierno la supresión de la asignatura alternativa de Religión. Totalmente de acuerdo, es lógico que cualquier alumno que no quiera perder el tiempo con una materia como ésta en un Estado que se proclama laico y aconfesional, no tenga que perderlo con otra materia de relleno que de antemano se etiqueta como “alternativa”.
No faltará quien reproche la ocasión: la Confederación Episcopal, Rouco Varela y los obispos más carcas descolocados, la COPE y Losantos cerrado por defunción y estos socialistas a dios rogando y con el mazo dando. Hasta la Casa Real de Su Graciosa Majestad ha tenido que abdicar y retrasar la boda del príncipe, con lo que a Su Graciosa le hubiera gustado cuadrarla el mismo día de los funerales del Papa y enviar a Roma hasta al fotógrafo del orejotas y la indeseada Camila.
En Roma y medio mundo toca en abril enterrar al Papa. Juan Pablo II ha conseguido, en efecto, ser “el papa mediático” que desde un principio quiso ser. Tuvo de su parte el momento, el explendor de la comunión mediática, la globalización de la información, el apogeo de esta conjura de necios contra la que ya muy poco o nada se puede hacer. Y si por algo se caracteriza el Vaticano es por tener siempre muy claro lo que le conviene y lo que no. Hasta lo que tenía que seguir a su muerte lo dejó Juan Pablo II establecido y atado en vida. Si algo no podía escapársele al sumo pontífice de la comunicación era esto, precisamente, culminar su obra, el extasis mediático.
Por eso todo sucede como está sucediendo. Al margen de que después de 26 años el Vaticano y su Estado, con su banco y su bandera y su camisita y su canesú, sigan ajenos a las miserias de más de medio mundo y a los millones de parias que nacieron y murieron y han vuelto a nacer y morirán, y al puñado de curas que mandaron a freir puñetas con su incómoda Teología de la Liberación, quién se acuerda ya de aquello..., y a un montón más de historias de las que ya nunca más se hablará.
Nada ha cambiado con Juan Pablo II. Es decir, solo ha cambiado lo imprescindible para que todo siga igual. Esto y que la mercancía se vende mucho más y mejor, por supuesto. |
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